Hola a tod@s hacia tiempo que no recuperaba algun cuento de mi querido amigo A.Wandossell, no me quedan mas, espero me pase alguno… este donde este.
Disfrutad con la lectura:
Todo se desarrolló según los cánones establecidos. Ninguna novedad. Después de Marzo vino el mes de Abril, como de costumbre, y con Abril llegó el Viento.
Acudió puntual a su cita en Calanegra. Empezaba con una leve brisa, heraldo de la tempestad, y el cielo se cubría de nubes oscuras convirtiendo el mar en plomo fundido, primero silencioso y expectante bajo el aire enrarecido, hasta que se levantaba un feroz oleaje que sembraba de perlas de espuma la superficie gris del agua.
Calanegra lo asumía con naturalidad y ya sin asombro. Los pescadores aseguraban sus traiñas tras el rompeolas y reparaban las redes tranquilamente hasta que el mar se calmaba, que solía ser durante los primeros días de Mayo; hasta entonces, el pueblo permanecía gris, cubierto de hojas arrastradas por el viento aullante.
Cada vez se congregaban más científicos, turistas o curiosos cerca de la playa atraídos por el fenómeno. Meteorólogos de todo el mundo habían visitado el pueblo pero ninguno supo explicar el origen de la tempestad que, cada primero de Abril parecía nacer del mismo corazón del mar para azotar Calanegra año tras año. Los científicos se rendían impotentes y limitaban sus esfuerzos a contemplar maravillados la furia de la naturaleza desde el espigón, un espectáculo soberbio para quien reunía el coraje de traspasar el rompeolas a riesgo de ser arrastrado de los grandes bloques de granito al fondo del mar rugiente. También sucumbían, todo hay que decirlo, a los encantos del magnífico caldero del bar de doña Mercedes.
A falta de explicación científica, las manos salinas y renegridas de los viejos pescadores tejieron una leyenda: cuentan que en los albores del siglo pasado, un pescador del pueblo capturó por accidente una hermosa sirena. Conmovido por la belleza de la ninfa curó sus heridas y la liberó. Desde entonces, la ondina protegía al pescador y le mostraba los secretos de su mundo; y como suele ocurrir en este tipo de historias, se enamoraron -craso error, bien es sabido como acaban este tipo de romances… -. Ella corría peligro viviendo cerca de la costa y pidió al pescador que le acompañase a su mundo submarino, pero él tuvo miedo -lógico, por otra parte- y con su ruda pero tierna diplomacia declinó la oferta.
La ninfa desapareció para siempre con su orgullo femenino herido, y presa de la ira, o tal vez tristeza, conjuró al viento, a los silfos, señores de la tempestad, las nubes y el oleaje, que arrojaron su poder contra Calanegra. Dicen que el pescador se vio condenado a no morir hasta encontrar su propio perdón, y vagar por tierra firme castigado por su amor cobarde. Mientras tanto, Calanegra, que en verdad no tenía culpa de nada, era azotada todos los años por un salvaje viento que se prolongaba algo más de un mes.
La teoría de los viejos del pueblo, aún adoleciendo de cierto trágico romanticismo, era la única explicación al fenómeno; y mientras sabios y científicos se devanaban los sesos buscando un fundamento empírico al asunto, las tiendas de souvenirs y bares del pueblo
hacían su agosto tres meses antes de lo habitual.
Yo crecí escuchando esas leyendas, y personalmente prefiero la versión del pueblo antes que oír incomprensibles parrafadas sobre altas y bajas presiones, bolsas de aire frío que empujan bolsas de aire caliente y demás palabrería estéril, que tarde o temprano encontrará una explicación científica a todo esto y romperá el hechizo de la pobre ninfa; puro escapismo, hay quien asegura que la vida es una mierda, una inmensa mierda de caballo. A menudo, y muy a mi pesar, estoy de acuerdo con ese viejo tópico, pero busco algo más, busco perlas en el estiércol, quiero pensar que algún día una semilla se abrirá paso entre la podredumbre… mero instinto de supervivencia.
Desde que tengo uso de razón, y hace de eso -pese a las bromas de mi tío al respecto- unos veinte años, me gusta salir al balcón durante la tempestad y contemplar, bien sujeto a la barandilla, el oleaje sobre la arena de la playa y las palmeras dobladas como viejecitas con el paraguas del revés; y escuchar el silbido del viento entre las calles estrechas de los pescadores, cerca de mi casa, y el intermitente tintineo metálico de las piezas de aluminio de los toldos que se agitaban en las terrazas, como queriendo levantar el vuelo lejos de sus dueños.
Suele acompañarme en el balcón Pablo, mi hermano, y entramos a casa al cabo de un rato con el pelo exageradamente revuelto, eso nos hace reír. Mi hermano tiene casi ocho años y no habla. Hace cuatro años, cuando empezaba a pronunciar correctamente su nombre, murieron nuestros padres en un accidente de tráfico y Pablo se encerró en un mutismo que sólo rompe cuando le hago reír con alguna payasada, lo cual ocurre a menudo, ya que me encanta escuchar su risa y no tengo reparos en hacer cualquier idiotez con tal de hacer reír a mi único hermano.
Desde el accidente de mis padres hemos vivido con el tío Julio, que se hizo cargo de nosotros. Divorciado, parado y sin ganas de vivir, no era el perfecto educador, pero siempre fue muy bueno con nosotros.
En vista de que el estado anímico y laboral de mi tío no mejoraba, me resigné a la idea de que un olmo jamás dará peras y abandoné los estudios para mantener a mi pequeña familia. Poco a poco cargué sobre mi espalda la responsabilidad de cuidar a mi hermano y a mi depresivo tío, tarea nada fácil, teniendo en cuenta el silencio de uno y las tendencias suicidas del otro, pero a nuestra manera estábamos bastante unidos.
Tengo un cactus, lo compré el año pasado porque alguien me dijo que eran muy resistentes y duraban mucho, detalle que me pareció importante.
Desde hace algún tiempo, tengo la absurda sensación de que todo lo que quiero se marcha, muere, se esfuma. Hace un par de años tuve una novia, coloqué mi mundo del revés para ella, volqué el cielo para hacer una alfombra de estrellas de su corazón al mío, en fin, las típicas cursiladas. Ella se esfumó y desde entonces me ha faltado un trozo, un cachito de alma que perdí en el camino. Quería a mis padres y se fueron. Quería también -salvando las distancias- a un hámster que tuve cuando tenía la edad de mi hermano y no duró ni tres meses, también se fue; yo quería darle un entierro digno pero alguien lo cogió del rabito, lo metió dentro de un par de bolsas del Mercadona y lo tiró a la basura.

Los cactus duran. A Roberto -lo llamé así en honor al hámster, en fin, tenía ocho años… -le bastan unos ratillos al Sol y un poco de agua al mes. Es un buen compañero. Le hablo mucho, y no pongan en tela de juicio mi cordura, el mutismo de mi hermano y los sarcasmos de mi tío hacen que un cactus parezca un excelente conversador. Siempre me escucha, y el dióxido de carbono que desprende mi voz mantiene sus puítas lozanas y afiladas. Le cuento mis problemas y él nunca me interrumpe con los suyos -”que si no me has regado este mes, que si la vecina del segundo tiene una orquídea muy guapa…”-, él sólo escucha y eso es reconfortante. Le cuento que me gustaría seguir mis estudios, salir de copas los fines de semana en vez de servir mesas en un restaurante, que mi hermano necesita ver a un especialista en niños-de-ocho-años-que-no-hablan y lo mucho que me gusta la chica que trabaja en el supermercado del pueblo.
Después de hablar con Roberto me voy más animado, y él se queda meditabundo y callado, pensando en cosas de cactus, supongo.
Hace dos días que vino el Viento y el paseo marítimo estaba plagado de turistas. Hacían fotos entre comentarios triviales; al revelarlas, todos saldrán despeinados y con los ojos irritados por los granitos de arena que invaden volando todo el paseo. A mi hermano le gustaba sentarse en la barandilla, junto a la playa. No sé cómo se las apañaba para que no le entrase arena en los ojos, pero podía pasarse las horas muertas mirando el oleaje. Tengo la sensación de que aquello le venía bien, las facciones de su cara se volvían más comunicativas, su sonrisa, las cejas y sobre todo, los ojos. A mí también me hacía sentir mejor, parecía que el vendaval se colaba en mi alma y la limpiaba por dentro; pero mis ojos no eran inmunes a la arena y al salitre, y con ellos entrecerrados memoricé el sitio exacto en el que estaba sentado Pablo. “No te muevas de aquí”, dije, intentando parecer autoritario, y me fui a hacer la compra.
En la caja del supermercado trabajaba Silvia, la chica de la que siempre hablaba a mi cactus. Era muy guapa y siempre ha ejercido sobre mí un peligroso magnetismo. Tengo el puñetero vicio de sentirme atraído por las chicas que trabajan detrás de un mostrador; tal vez sea por la certeza de que siempre que las buscas están en el mismo sitio. Las chicas de las cafeterías, estancos, panaderías…, ahora era Silvia, cajera del supermercado que siempre sonreía al entregarme el cambio. Aquel día, mi cajera favorita llevaba una cantidad -a mi juicio, excesiva- de perfume. Antes de despedirme, adiviné el nombre de la empalagosa fragancia, agregando un cortés “¿Me equivoco?”. Ella pareció sorprendida y sonrió muy halagada, con la presunción de que reconocer un perfume y considerarlo agradable son la misma cosa.
A veces, Dios o la Naturaleza caprichosa dota a algunos afortunados de ciertos dones, especiales facultades mentales o físicas. Hay gente que cura con sus manos, con suerte en el juego, telequinesis, capacidad para seducir, para el arte…, yo, en cambio, tengo cierta habilidad para reconocer cualquier perfume, y a mi hermano no se le mete arena en los ojos. Y me pregunto: ¿De qué carajo nos sirve eso?.
Cuando regresé del supermercado encontré a mi hermano en el mismo sitio. No estaba solo, el Viejo estaba a su lado, sonriente como siempre. Le hablaba del mar, de barcos y peces de colores. Pablo escuchaba con los ojos muy abiertos y también sonreía.
Me senté un rato junto a ellos. Con mi hermano como pretexto yo solía participar en las extravagantes conversaciones de aquel viejo loco. Su cara estaba muy arrugada y permanecía semioculta tras una barba blanca y rala, con el bigote amarillento por la nicotina. Había sido pescador de joven, aunque daba la sensación de que ese hombre había nacido anciano. Ahora se dedicaba a pasear por la playa, dar comida a las gaviotas y acariciar perros abandonados. Seguro que a Hemingway le hubiera encantado conocerle. Al menos a mi hermano le gustaba aquel viejo, contador de historias, borrachín y solitario. A mí también me resultaba simpático, de vez en cuando le invitaba a un carajillo en el Gaucho, el restaurante donde trabajo, y la cortesía me obligaba a aceptar un par de ducados y charlar un rato reprimiendo el picor en mi sensible garganta de fumador de rubio. Su edad era incalculable pero tenía mirada de niño; tal vez la vejez nos devuelve cosas que vamos perdiendo al crecer.
Todos los días amanece, aunque no tenga ganas de levantarme y apague el despertador contra el suelo. El Sol
regresa todas las mañanas tras las nubes, fiel, como las chicas de las cafeterías, estancos y supermercados.
La voz de mi tío sonó desde la cocina: “¡El periódico no se va a comprar solo!”. Reprimí las ganas de romperle la cafetera en la cabeza porque necesitaba un café recién hecho.
No me molesté en peinarme, inútil tarea mientras el Viento siguiera en Calanegra. Me despedí de Julio con un gruñido y salí con mi hermano a hacer la compra.
Con el periódico bajo un brazo y Pablo colgando del otro, andaba cerca del paseo marítimo. Mi hermano me tiró de la manga, algo pasaba, mucha gente se agolpaba en la playa, cerca de la orilla y había un coche de la Guardia Civil. Tuve un extraño presentimiento, miré a mi hermano, estaba llorando.
-El Viejo se ha ido… – Dijo en voz muy queda.
Se me cayó el periódico y las hojas volaron entre las sorprendidas gaviotas. No pude articular ningún sonido -irónico cambio de roles-, sólo abracé a Pablo y nos fuimos a casa, sin entender aquellas palabras, las primeras en cuatro años.
Mi tío Julio fue más locuaz que yo al escuchar por primera vez la voz de su sobrino.
-¡Recojones!.- Consiguió decir.
Algunos madrugadores lo vieron, y el rumor se extendió rápidamente, entonces comprendí las palabras de mi hermano. Dicen que el Viejo se acercó a la orilla, se despojó de los zapatos y la gorra mugrienta y entró lentamente en el mar, dando vigorosas brazadas hasta que su cabeza se perdió entre el oleaje. Los pescadores aseguran que el mar siempre devuelve lo que no le pertenece, pero nunca encontraron el cuerpo del Viejo. Rastrearon la costa, lo buscaron mar adentro y entre las rocas de los acantilados, pero el Viejo no apareció.
Esa misma tarde, el Viento cesó para siempre. Todo el mundo en Calanegra pensó lo mismo, pero nadie quiso atar cabos en público. Poco después, los turistas volverían decepcionados a sus casas, con algún recuerdo, y tal vez conjuntivitis.
Aquel día cambió algo. Cuando regresaba a casa de la mano de Pablo pasamos por delante de unos contenedores de basura, arrugué como siempre la nariz al sentir su olor a pescado podrido, pero algo me detuvo y fijé mis ojos en los deshechos. Aminoré el paso. No pude evitar sonreír, y esa sonrisa ensanchó mi pecho. Entre las negras bolsas de basura, rodeada de inmundicias, vi erguirse el tímido brote de una flor, una hermosa flor de pétalos nacarados y brillantes, orgullosa y desafiante, como una perla en el estiércol.
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